Que la forma de hacer política ha cambiado, es un hecho más que evidente. Lejos quedan aquellas campañas en blanco y negro, en las que candidatos, afiliados y simpatizantes empapelaban las paredes y las calles de las ciudades con propaganda electoral. Los mítines multitudinarios fueron dando paso a las campañas televisivas y a los debates de La Clave. En estos 38 años de elecciones democráticas, nuevos partidos han ido surgiendo, nuevos candidatos, nuevas ideas… En definitiva, nuevas formas de hacer de política.
Si tuviéramos que comparar la proyección de un mensaje con las capas de la piel humana, el 7% de la información se atribuye a la palabra, a la parte más superficial: la epidermis. El 38%, a la voz –entonación, proyección, resonancia, tono…: la dermis. Y el 55%, al lenguaje corporal, al que consigue traspasar los poros de la piel y adentrarse en lo más profundo: la hipodermis. Así pues, la manera en la que el locutor transmita, así se reflejará en la audiencia. La forma en la que se explique o se proyecte, así el mensaje será comprendido, compartido, sentido y valorado.
Las habilidades que puedan conseguir los políticos para transmitir pasión por los cambios, entusiasmo por las ideas e ilusión por los retos serán la llave que les permitirá conectar con los deseos y esperanzas de los ciudadanos. El quid de la cuestión es emocionar y emocionarse y para ello es de vital importancia construir esa relación emocional con el votante. Pasemos, pues, de la epidermis a la hipodermis, de la palabra al sentimiento. Que la distancia entre el político y el ciudadano sea cada vez menor.
No creo que exista una varita mágica para el éxito electoral. La clave está en las personas, su fondo y su forma. Su contenido y su continente. De ellas únicamente depende atraer o repeler; convencer o contrariar; persuadir o disuadir; encantar o desencantar. De ellas y sólo de ellas depende que ese mensaje consiga atravesar la parte más superficial del ciudadano y sea capaz de conquistar el corazón del electorado. En definitiva, de ellas depende que las urnas se inclinen a su favor o en su contra.

