Los tiempos están cambiando, las sociedades evolucionan, la tecnología protagoniza cada vez más nuestras vidas… Todo cambia, pero hay cosas que no, no lo hacen.
Sin embargo, todo proceso de negociación, de contratación, de marketing, de administración... debe su razón de ser –aunque hay quien no lo entienda- a la comunicación. Porque comunicación es todo. Nos mueven las palabras. Nos definen. Nos hacen alcanzar éxitos inigualables y rozar los fracasos más inesperados. Nos hacen perder, pero también ganar. Con ella conformamos los argumentos más sólidos y sin ella perdemos hasta el más común de los sentidos.
Sin ir más lejos, hace unos días intercambié una serie de mensajes en LinkedIn con un socio de una firma internacional y aquello se estaba convirtiendo en una maraña de palabras sin sentido que solo estaban dejando paso a la equivocación. Hasta que no pusimos voz a esa lucha dialéctica no pudimos deshacer los malos entendidos que habían surgido por una ‘no conversación’ mantenida. Seguro que me está leyendo y me dará la razón en que han sido la voz, el tono, las aclaraciones directas, la naturalidad y la sencillez (que no simpleza ;-)) la que nos ha permitido reanudar el contacto.
No se pueden permitir errores, malos entendidos, pérdida de proyectos y de clientes por una mala gestión de la comunicación que, en algunos casos, no es mala, sino nula. Porque, aunque cueste creerlo, la falta de comunicación, esa falta de contacto directo, condiciona el éxito de cualquier organización.
Ahora, mira a ver si tú formas parte del grupo de los escépticos o, por el contrario, has pasado al de los creyentes.

